lunes, 25 de agosto de 2014

Nuevos Amigos

Constantemente encontramos en nuestro camino nuevas personas, tropezamos con ellas y no por casualidad.  El universo vibra  como un torbellino, atrayendo esas personas hacia nosotros, con sus respectivos acontecimientos. 




Muchas veces, interactuamos con estas nuevas amistades por empatía, al menos inicialmente, sentimos que danzan a nuestro propio ritmo.   La relación de amistad o sentimental, no tiene que ser perfecta pero sí debe basarse, desde el principio, en  el respeto, la honorabilidad y la consideración hacia la otra persona.

El tiempo nos mostrará sus acciones, sus verdaderos sentimientos, nos aclarará dudas  y  entonces, con todo derecho, podremos hacer uso de nuestro libre albedrío y decidir si los erradicamos de nuestra vida, si podemos mantenerlos cordialmente a distancia o si realmente queremos que formen parte de nuestro entorno. Las personas que se quedan serán un invaluable tesoro para cuidar siempre.

Esas personas que pasan, inevitablemente nos dejarán la experiencia, siempre nos  dejarán una enseñanza, un aprendizaje.  El principal aprendizaje de oro, será que: “Mientras más personas conoces, más selectivo te vuelves”. 

Esas personas que se van o  “dejamos ir”,  si hubiera resentimientos, deben partir en paz, sin rencor  de parte nuestra, las bendeciremos, deseándoles lo mejor, porque nos dejan el valioso regalo de valorar cada vez más las virtudes de aquellos que permanecen junto a nosotros, y lo más importante, harán que afloren en nosotros mismos esos valores que nos hacen mejores seres humanos.



L. CEDEÑO S.

miércoles, 6 de agosto de 2014

ORAR - MEDITAR

Orar o meditar, no importa qué tan claramente tengas la diferencia.  Lo importante es ese momento de paz, de intimidad, ese momento de luz, amor y la alegría interna que solo te puede brindar  la armonía espiritual de ese contacto con lo divino.

 L. Cedeño S.

jueves, 10 de julio de 2014

MADUREZ

Los seres humanos somos educados para integrarnos a una sociedad que siempre esperará de cada uno de nosotros un comportamiento “maduro”.   Usualmente consideramos que un joven o cualquier persona adulta es madura, por la imagen  que proyecta, de acuerdo al medio en el cual se desenvuelve. A quien no desentona y se conduce de acuerdo a su grupo, se le considera una persona normal y madura.  La madurez del ser humano va más allá de la condición de seguir la corriente impuesta por la sociedad misma, no se trata de confraternidad u obediencia, porque es algo íntimo, algo personal de cada uno de nosotros, sin importar el estatus y mucho menos la edad.



Alguien, muy jocosamente, decía: “La etapa más difícil de la madurez son los primeros 40 años”.  Aunque nos cause risa, algunas personas llegan a su segunda etapa de 40 años sin haber pensado nunca en la palabra madurez, simplemente han vivido, porque la madurez “no es obligatoria” como tal, la madurez llega muchas veces inadvertidamente.  Es por esto que la madurez no es directamente proporcional a la edad.  La madurez va de la mano con  la experiencia.  Por alguna razón el ser humano debe tener sus propias vivencias.

Alcanzamos la madurez en la medida en que somos capaces de pensar y decidir por nosotros mismos, en la medida en que podemos analizar y asimilar conscientemente las experiencias y aprendizaje recibidos en cada una de las etapas que hemos vivido.  En la medida en que “aprendemos”, maduramos, desarrollamos una intuición natural que nos muestra el camino o nos alerta a hacer un “Alto” ante cualquier encrucijada.  Madurando aprendemos  a  no lamentar el pasado, pensando  “cómo hubiera sido si…” o temer al futuro con un  “Y… si sucede que…”,  sino con valentía tomar decisiones y vivir la vida presente de la mejor manera posible. 

Maduramos y crecemos cuando aprendemos a no juzgar, a no criticar  a los demás, a callar cuando es necesario y sobre todo, cuando nos enfocamos cada vez más en ser  protagonistas de nuestra propia vida, tomando el timón de nuestro futuro, con sosiego, claridad mental, independencia emocional, disfrutando esa paz interior que solo encontramos en nosotros mismos.
  
No significa que nos apartamos del mundo que nos rodea, o nos volvemos egocéntricos, significa que íntimamente hemos  aprendido de nosotros mismos, y ese aprendizaje nos ha ayudado a reaccionar y tomar decisiones con coraje y determinación ante las equivocaciones pasadas y los momentos difíciles por venir.  La madurez nos abre el camino para “Vivir una Vida a la Vez”.


L. Cedeño S.

jueves, 5 de junio de 2014

RENCOR

De todos los sentimientos que experimenta el ser humano, el rencor puede ser el más dañino para nuestra salud integral.  Una ofensa o maltrato, una  situación generada por alguien, que nos afecta en un momento determinado, un acontecimiento que nos causa un enojo,  que no se desvanece con el pasar de las horas o los días, poco a poco se convertirá en un monstruo oscuro que se alimentará de nuestro malestar interior. 
 
Cuando albergamos el rencor en nuestro ser, abrimos una herida que no cicatriza porque el sentimiento de rencor genera otros sentimientos, otras emociones  negativas, como la angustia, dolor, tristeza, frustración, amargura y hasta el odio.  Hay que parar ese sentimiento que nubla la razón y doblega nuestras acciones.  


Mientras más pensemos sobre la persona o situación que nos causa esos sentimientos, más crecerá el monstruo que hemos creado, sobre todo si lo fortalecemos comentándolo con otras personas  o si llegamos al punto de justificarlo ante nosotros mismos. Lo más sano, si sentimos que no podemos manejarlo será, sin lugar a dudas, buscar ayuda profesional.
  
La ayuda que no fallará nunca, la ayuda más eficaz,  será nuestra propia ayuda interior, nuestra liberación interna, que llegará a través del perdón. Es difícil perdonar ofensas, pero si pensamos que somos la persona perjudicada y deseamos liberarnos, tendremos que obligarnos a nosotros mismos a “no sentir dolor”, soltar ese peso interno, olvidarnos de esa persona o personas, ocupando nuestra mente en actividades y gente positiva, “perdonar”, para sanar,  dar gracias por la experiencia… Dejar al tiempo, a la vida el resultado final.


L. CEDEÑO S.

domingo, 1 de junio de 2014

sábado, 31 de mayo de 2014

VERDAD


Hay verdades que no hacen bien a nadie…

El verdadero significado de la verdad es que la misma obedezca a una realidad.  Involuntariamente podemos convertirnos en conocedores de una verdad, simple o muy grave, que puede colocarnos en una difícil situación.




Conocer una falta, un motivo de censura sobre alguien en un momento determinado, no nos convierte en juez, no es obligatorio salir a exponer a esa persona, ni nos da derecho a imponerle una sanción.  Cada cual tiene el libre albedrío para conducir su propia vida.  Callar no nos convierte en cómplice porque puede ser una verdad, que, ya sea leve o grave, no haga bien a nadie, que no resuelva ninguna situación.   Puede ser que esa verdad ni siquiera  los supuestos afectados quieran conocerla y mucho menos asimilarla y aceptarla.

Si esa verdad ajena, aunque nos involucre, no aporta ningún beneficio, antes bien, puede hacer sufrir o generar conflicto entre las personas, debemos preguntarnos qué sentido tendría darla a conocer.  Revelar innecesariamente una verdad que daña la imagen de alguien, que despierta desconfianza, que puede desencadenar acciones que destruyan relaciones, que causa malestar, dolor, resentimiento, que afecta moral y emocionalmente, es una verdad que no ha hecho bien a nadie, porque ha destruido la paz, la confianza, la armonía entre los implicados.

En esos casos tendremos que hacer de “custodio” de esa verdad, convertirla en íntimo secreto, tratar de no pensar en ella, y guardarla solo para nosotros, porque callar siempre será  mejor que propiciar acontecimientos de los cuales no queremos sentirnos culpables.  Además,  cuando no  hablamos ni comentamos, nadie puede repetir ni mal interpretar lo que decimos…

El tiempo nos dirá si hemos tomado la decisión correcta, si debemos seguir callando, si nuestra íntima verdad- secreta debe o no revelarse o si merece trascender el final de nuestra vida.

Con el silencio podemos demostrar más amor y respeto hacia todos los involucrados en una verdad, porque ver, escuchar y saber callar es una virtud que se cultiva y una actitud de valientes.


L. Cedeño S.